Religión y sociedad | Carlos Rodríguez Braun
La cálida acogida que tuvo el Papa León XIV en su reciente visita a España llamó la atención de algunos observadores. Sospecho que su asombro deriva de que observan con más atención la política que la sociedad.
Tanto en nuestro país como en el resto del mundo cristiano, los Estados contemporáneos se construyeron al margen de la religión y veces contra ella. La modernidad y el progreso fueron concebidos como alejados de la idea de Dios, y el laicismo o el Estado aconfesional se consideraron baluartes de una política nueva que pretendió liberarse de ataduras religiosas y con frecuencia también de consensos y rigores morales.
La sociedad pareció acompañar este itinerario político, pero las apariencias engañan. A pesar de la indiferencia u hostilidad de las autoridades políticas y los referentes intelectuales y culturales, la religión subsistió y las comunidades la siguieron cultivando en formas muy diversas, como se vio siempre en las tradicionales manifestaciones de religiosidad popular en nuestro país en general y en nuestra Andalucía en particular. Algo parecido sucedió con el recelo hacia el relativismo moral, supuestamente señal de una sociedad avanzada.
A estas actitudes se sumó después otra, que cada vez es más patente: el rechazo a la creciente invasión de los derechos y libertades de los ciudadanos por parte de las Administraciones Públicas, sean de derechas o de izquierdas.
La suma de todo ello nos sitúa en un nuevo escenario que explica que un papa estadounidense nacionalizado peruano haya recorrido España siendo aplaudido por multitudes cuando los mensajes que lanza son los contrarios de los favoritos de la política, la cultura y los medios, porque defiende a Dios, a la religión, a la familia, la ética, la vida y la libertad. Desconfía de que toda ley sea buena siempre que sea aprobada por una mayoría y no cree que el aborto o la eutanasia sean progresistas.
¿Por qué lo aplaudieron también los diputados y los senadores? Quizá porque refleja unos valores superiores a la política y compartidos y apreciados por la sociedad, una sociedad que, a pesar de todo, sintoniza más con el cristianismo que con la política.
Carlos Rodríguez Braun