Curso político nuevo, o no

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El nuevo curso político se parece tanto al anterior que cabe dudar si realmente es nuevo o estamos volviendo una y otra vez a lo mismo, como le sucedía al pobre de Bill Murray en el día de la marmota.

En la economía sigue habiendo nubes en el horizonte en términos de inflación, empleo, crecimiento y finanzas públicas. En la política continúa la situación de precariedad de un gobierno débil e inoperante, chantajeado por sus socios de investidura. El último episodio fue la derrota del proyecto de ley de reducción de la jornada laboral, que la vicepresidenta Yolanda Díaz no consiguió sacar adelante en el Congreso.

Sin embargo, si profundizamos en el análisis comprobaremos que no estamos ante escenarios idénticos a los del pasado curso, y que el panorama es más preocupante en la economía y menos en la política.

Desde el punto de vista económico las perspectivas han empeorado. Aunque los datos de España son relativamente mejores que los del resto de Europa, también en nuestro país hay señales de preocupación, en particular por el agravamiento de la insostenibilidad de las cuentas públicas.

En el frente político, en cambio, la situación es mejor en un doble sentido.

Desde el ámbito europeo hay señales interesantes, representadas por los mensajes alarmistas en Alemania, Reino Unido y Francia. ¿Por qué son positivas? Porque todas apuntan en el mismo sentido de la reforma urgente del Estado de bienestar, amenazado de colapso. Esto es positivo, porque la primera condición para resolver un problema es reconocer que existe.

Desde la perspectiva nacional, el propio bloqueo de la acción del gobierno es bienvenido, porque impide la concreción de medidas dañinas para las empresas y para la creación de empleo, como es el caso de la reducción de la jornada, que para las empresas más pequeñas o menos competitivas puede representar un coste demasiado gravoso.

Asimismo, el desgaste del gobierno anticipa su renovación. Podríamos recordar la ironía de Saki, que comienza su cuento The Romancers hablando del optimismo de los londinenses en otoño, porque confían siempre en que volverá la primavera y cambiará el gobierno.