Parece que España ha entrado en una etapa política sin precedentes: la etapa de los pactos. El desenlace de las últimas elecciones locales y autonómicas así lo sugiere, porque hemos visto que lo sucedido aquí en Andalucía se ha repetido. Alianzas de diverso colores han permitido que ayuntamientos y comunidades autónomas cambiaran o mantuvieran sus gobiernos en Madrid, Barcelona, Navarra y en otros lugares.

Es indudable, por tanto, que los tiempos han cambiado. No podía ser de otra manera, porque el bipartidismo se ha visto erosionado por la evolución de dos formaciones relativamente nuevas —Ciudadanos y Podemos— y por la aparición de un recién llegado: Vox.

Carlos Rodríguez Braun

Pero una cosa es que las mayorías absolutas sean mucho más difíciles, y que los gobiernos deban brotar de acuerdos multipartidistas, y otra cosa es que los pactos sean nuevos. Todos los gobiernos de la España democrática han pactado, en primer lugar con los nacionalistas. Jordi Pujol puede ser hoy un apestado por los escándalos de corrupción, pero los dos principales partidos españoles pactaron con él. Lo hizo Felipe González en 1993 para repetir en la presidencia del Gobierno, y lo hizo José María Aznar tres años más tarde, también para llegar al Palacio de La Moncloa.

Lo que en realidad importa, por lo tanto, no es la novedad de los pactos políticos, que han existido desde los albores mismos de nuestra democracia —pensemos en los Pactos de la Moncloa o la Constitución de 1978— sino sus objetivos. No importan los consensos sino para qué se establecen. Los políticos celebran o lamentan dichos acuerdos en la medida en que los acercan o los alejan del poder. Los ciudadanos, en cambio, prestamos o convendría que prestásemos atención sobre todo a los beneficios o perjuicios que vamos a disfrutar o a padecer como consecuencia de esas negociaciones.

Tal es la diferencia crucial entre los contratos de la sociedad civil y los firmados por nuestros gobernantes. En la sociedad los ciudadanos negociamos libremente con nuestro dinero y nuestros derechos. También son nuestros bienes y nuestros derechos aquello con lo que juegan los políticos en los pactos que anudan y después nos imponen. No lo olvidemos.


New old pacts

Carlos Rodríguez Braun

It seems that Spain has entered an unprecedented political era; the era of pacts. The outcome of the last local and regional elections suggests this, because we have seen that what happened in Andalusia has been repeated. Partnerships of different political colours have enabled councils and autonomous communities to change or maintain their governments in Madrid, Barcelona, Navarre and in other places.

It is thus unquestionable that times have changed. This could only be the case, because the two-party system has been eroded by the progress of two relatively new parties, Ciudadanos and Podemos, and the emergence of a new arrival: Vox.

But it is one thing for absolute majorities to be a lot more difficult, and for governments to have to emerge from multi-party agreements, and another for the pacts to be new. All governments in democratic Spain have had pacts, firstly with nationalists. Today, Jordi Pujol may be a pariah due to corruption scandals, but the two main Spanish parties had pacts with him. Felipe González did so in 1993, to return to the Government presidency, and José María Aznar did so three years later, also to reach La Moncloa Palace.

What really matters therefore is not the newness of the political pacts, which have existed since the outset of our democracy -think of the Pacts of La Moncloa or the Constitution of 1978- but rather their objectives. Consensuses don´t matter, what does is the reason why they are established. Politicians celebrate or lament these agreements in the extent that they bring them closer to or further from power. On the other hand, citizens pay, or ought to pay attention above all to the benefits or harm that we are going to enjoy or suffer as a consequence of these negotiations.

This is the crucial difference between contracts in civil society and those signed by our rulers. In society, we as citizens negotiate freely with our money and our rights. It is also our assets and rights that the politicians are playing with in the pacts that they take up and then impose on us. We shouldn´t forget it.