Si hay algo que tiene París son monumentos. Ninguno, sin embargo, logra hacer sombra a la gran ‘dama de hierro’ parisina, construida en 1889 para la famosa Exposición Universal. Cerca de siete millones de visitas al año atestiguan el poder de atracción de esta original obra, que durante 2014 cumple 130 años.

Un aniversario que sorprendería gratamente a su autor, Gustave Eiffel. Y es que el hecho de realizar una torre de hierro forjado de más de trescientos metros no gustó nada en aquella época, sobre todo a los artistas, llegándose a crear, incluso,  un comité para su inmediato desmantelamiento. Finalmente, la torre se salvó por ser útil para las retransmisiones radiofónicas, convirtiéndose, poco a poco, en parte indisoluble de la ciudad del amor.

Hoy, la Torre Eiffel es la niña bonita de París. Nos dejamos seducir por ella y dibujamos nuestra ruta de viaje oteando su horizonte;  ascendiendo, paso a paso, hasta el cielo de París. No importa hacia dónde dirigir la vista; todo se antoja propio de una postal. Hay tanto que ver, que tenemos que conformarnos con contemplarlo desde las alturas.

De vuelta a la tierra, organizamos una breve ruta. Tenemos poco tiempo, asi que tenemos que decidir bien las paradas.

Comenzamos en la famosa catedral gótica de Notre-Dame; con sus dos grandes torres, sus gárgolas y el campanario en el que vivió el mítico Jorobado de Notre Dame. Continuamos la excursión visitando el Panteón, con su impresionante y gigantesco interior y su cripta, lugar de eterno descanso de personaje de la talla de Voltaire o Marie Curie, entre otros. Sin duda merece la pena reservarle unas horas.

La tercera parada es el Palacio Nacional de los Inválidos, uno de los monumentos más importantes de París. Resulta sorprendente contemplar su cúpula dorada sabiendo que en el interior de este complejo descansa Napoleón. A un paso de los Inválidos está el puente de Alexandre III, uno de los más bonitos de la ciudad.

Nadie, sin embargo, debería marcharse de  en París sin visitar el Museo del Louvre. Situado en el antiguo Palacio de los reyes de Francia es uno de los centros artísticos más ricos del mundo. Verlo al completo requeriría días, asi que nos conformamos con explorarlo durante un rato con la firme idea de volver pronto (son de especial interés los espacios dedicados a Grecia y Egipto).

Los Campos Elíseos, con el Arco del Triunfo coronando la Avenida, representan otra de las estampas más famosas de París. Es muy recomendable darse un paseo hasta llegar al monumento. Las mejores firmas pueblan con lujosas tiendas la zona, que se alza a nuestro paso como una auténtica tentación.

La última parte de este fugaz viaje la reservamos para sumergirnos en el barrio de Montmartre, el más bohemio de la ciudad. Su colorido; sus cafés; sus pintorescas plazas o sus empinadas calles. Todo es mágico en este rincón parisino enclavado sobre una colina culminada por la basílica del Sacré Cour (al que se puede ascender en funicular).

 Pasear por Montmartre, recordando los escenarios recorridos por Amélie; contemplando a los artistas dibujando sus sueños en la Plaza de los Pintores, o, simplemente, saboreando una taza de café en una romántica terraza, es, sin duda, una experiencia que hay que vivir.

Antes de marcharnos, no nos olvidamos de tomar algunas fotos frente al famoso Moulin Rouge, símbolo indiscutible del Montmartre más cabaretero y canalla.

París es inabarcable. Quizás, por eso, la Torre Eiffel lleva 125 años siendo su balcón más privilegiado, ofreciendo al visitante una imagen panorámica de las mil maravillas que esconde una de las ciudades más bonitas del mundo. No es de extrañar que la llamen ‘la ciudad del amor’.