Si hay algo que le interesa a la economía de España en general, y a la de Sotogrande en particular, es el turismo. Conviene subrayar, por tanto, las señales contradictorias que ha brindado el sector en la primera mitad de 2018.

Por un lado, las cifras siguen subiendo. El turismo, que representa el 11,5 % del PIB, se encamina a un récord de visitantes y de gasto. Podemos cerrar este año con un número de visitantes que oscilará entre los 82 y los 84 millones, lo que nos situaría en segundo lugar en el mundo, sólo detrás de Francia. Las visitas han aumentado un 1,8 % en el primer semestre.

Sin embargo, hay motivos para preocuparse. La dinámica del sector se está frenando. Por ejemplo, el aumento de visitas que acabamos de mencionar fue del 12 % el año pasado por estas fechas. Están cayendo los turistas llegados de los dos mercados más importantes para nuestro país: el Reino Unido y Alemania. El turismo crece menos que el PIB por primera vez en diez años.

Las causas son varias, y algunas no dependen de España. Como hemos advertido ya en El Periódico de Sotogrande, nos ha afectado la recuperación de destinos que compiten con nosotros en la zona del Mediterráneo, como Túnez, Egipto o Turquía. Los empresarios turísticos españoles lo saben perfectamente, y de allí sus esfuerzos, como vemos también en nuestra urbanización, en apostar por una oferta de mayor calidad, que atraiga a visitantes con mayor capacidad económica.

Lamentablemente, las Administraciones Públicas rara vez acompañan este proceso de redefinición del sector turístico. Pensemos, por ejemplo, en el disparate de aumentar los impuestos o imponer tasas, cuando se debería hacer justo lo contrario. O en la demagogia populista que cree que la mejor solución para el turismo español es atacar a los turistas, como hemos visto hacer en Cataluña, las Islas Baleares y en otros lugares; o en hostigar a la economía colaborativa, el gran demonio según nos aseguran los populistas de diversos partidos. Y, por fin, el bochornoso espectáculo que dieron los taxistas, paralizando el país en agosto, dañó la imagen de España como destino turístico.

El turismo puede enfrentarse otra vez a un momento delicado, y es necesario que las autoridades, si no van a ayudar, al menos no entorpezcan la labor de los trabajadores y los empresarios privados.


Contradictory tourism signals

Carlos Rodríguez Braun

If there is something of interest to the economy of Spain in general, and that of Sotogrande in particular, it is tourism. It is therefore worth highlighting the contradictory signals offered by the sector in the first half of 2018.

On one hand, the figures continue to rise. Tourism, which represents 11.5% of GDP, is on the way towards record visitor numbers and spending. We may end this year with a number of visitors ranging between 82 and 84 million, which places us second in the world, just behind France. Visits have increased by 1.8% in the first half of the year.

However, there is reason for concern. The dynamic of the sector is slowing down. For example, the increase in visits that we have just mentioned was 12% last year around this time. The number of tourists from the two most important markets for our country is falling: The United Kingdom and Germany. Tourism has grown less than the GDP for the first time in ten years.

There are several causes, and some do not depend on Spanish. As we have already noted in El Periódico de Sotogrande, we have been affected by the recovery of destinations that compete with us in the Mediterranean area, such as Tunisia, Egypt and Turkey. Spanish tourism entrepreneurs are perfectly aware of this, hence their efforts, as we also see in our resort, to commit to a range of better quality, that attracts visitors with a greater economic capacity.

Unfortunately, Public Administrations rarely accompany this process to redefine the tourism sector. Think, for example, of the craziness of increasing taxes or imposing fees, when the exact opposite should be done. Or, think of the populist demagogy which believes that the best solution for Spanish tourism is to attack tourists, as we have seen in Catalonia, the Balearic Islands and in other places; or in hounding the collaborative economy, the great demon according to the populists of different parties. And lastly, the embarrassing spectacle provided by taxi drivers, paralysing the country in August, which damaged the image of Spain as a tourist destination.

Tourism may once again be facing a delicate time, and if the authorities are going to help, then they should at least not hinder the work of workers and private entrepreneurs.